Comando por voz (Cuento corto)
julio 06, 2026
Me abrazo las mis rodillas púrpuras en el suelo del baño.
Mi corazón es una piedra de molcajete que late a una velocidad que no conocía y me da miedo que me
machaque las costillas. Tiemblo aguantándome las lágrimas. Ya lloré diez minutos y es todo lo que
puedo permitir.
No debe verme llorando.
Hoy hice algo malo. Aunque para ser franca, últimamente es la regla.
Como ayer. Le dije que tenía que atender una llamada durante la cena porque mi amiga Abigail
estaba consiguiendo boletos para mi musical favorito, pues hoy es la función. Él se fue a dormir sin
dirigirme la palabra.
Hoy en el desayuno lo vi leyendo el periódico. Sentía su mirada glacial, pero decidí demostrarle
que lo amaba.
Mi cerebro hace tiempo se adaptó para funcionar a comando. Ajustar el tono de voz.
Decir un chiste. Sonreír débilmente para que sepa que soy consciente de que me merezco su castigo
de la noche anterior.
Funcionó.
Me dio un beso y hasta me prometió llevarme a cenar esa misma noche (tendré que cancelarle
a Abi, qué pena).
Entonces lo escuché. En un tono de voz que despertaba todos mis sentidos, activando el comando
que me forzaba a quedarme justo donde estaba. Lejos de él.
La noche anterior, después de recibir su silencio, empezaron los gritos en mi cabeza.
No había forma en la que me pudiera dormir.
Como a las tres de la mañana resolví que no podía pegar ojo, así que en un acto desesperado me
tomé una de las pastillitas blancas que me recetó el doctor.
Los gritos no se callaban.
Lo escuchaba diciendo que soy una dramática frente a sus amigos. Risas.
Otra.
No le sirvo. Soy una ingrata.
Otra.
No volví a la cama y me dejé caer en el sillón. Silencio, respiraba tranquila. Me pregunté si esa
paz era augurio de mi partida. Así quizás podría volver a ver a Juan.
Sonreí cerrando los ojos.
Me despertaron las náuseas. No sé qué pasó durante la noche, pero las piernas me pesaban cada
una tres toneladas. Entonces, lo de siempre: Vomitar, lavarse la boca, preparar el desayuno,
sonreír, ajustar tono de voz.
Otro beso antes de irse, su mano invadiéndome. Cerrar los ojos. Sólo un poco más.
Me suelta, un paso, otro paso.
“Ve lo que hiciste, pinche puerca.”
Sigo la dirección de su mirada: Su sillón, mi periodo.
Tonta, tonta, tonta, ya estábamos bien. Solamente tenía que ser buena y él sería bueno.
Era una tarea sencilla. Pero no puedo evitarlo, incluso mamá siempre decía que soy un
desorden y un caos.
“Seguro con tu pinche Juan no hacías esas mamadas. Pero como yo te valgo verga…”
Es mentira. Alguna vez llegué a manchar sus sábanas. Ay Juan, si me viera ahora…
Los oídos me pitan, alientan a mis sienes a que revienten. Seguía medio atolondrada por
las pastillas, débil por la pérdida de sangre y le pedí perdón de rodillas. Tartamudeaba
como una niña patética. Que lo lavaría, que ahorraría para comprarle otro, que me perdonara.
“No quiero nada de ti, quiero que por una pinche vez agarres el pedo.”
No hizo nada más que cerrar de un portazo. Y yo me quedé ahí.
Ya hacía mucho no pasaba, ¿por qué tuve que arruinarlo? Íbamos a ir a cenar y todo.
Hubo un tiempo donde se enojaba tanto conmigo que me tapaba la cara con una almohada
para que no gritara.
Creo.
Una vez él tenía mucha prisa por bañarse porque tenía que ir a su trabajo y yo, tontamente,
me encontraba cubierta de espuma en la regadera. Él forzó la puerta y trató de sacarme de
ahí por la fuerza. Claro, tenía prisa.
Esa vez aprendí mi lección. Y no me ha golpeado desde entonces.
¿No debería estar agradecida?
Tengo ocho horas. Pero puede que salga antes. Puede que ya no vuelva, ¿qué voy a hacer?
Voy al baño, me duele todo el cuerpo y me fuerzo a sentir la frialdad de los azulejos del piso
directos en mi vientre bajo como castigo. Los pensamientos entran como metralla infinita.
Lo escucho todo en bucle, en eco y me tortura.
Sé que sólo lo hago para llamar la atención, él me lo ha dejado claro muchas veces.
Que me imagino cosas para hacerme la víctima.
¿De verdad no tengo arreglo? Cuando nos casamos, me juré a mí misma tomarme mis
medicamentos, ser la luz de la casa. Pero como siempre, estoy fallando.
Como no tengo arreglo, el torbellino de gritos mentales se ha convertido en un tornado
que destruye mi corteza cerebral. Me odio por ser tan débil. Ni siquiera puedo aceptar el
desprecio que merezco y levantarme del suelo para hacer mis quehaceres para ver si lo contento.
Apenas consigo estirar el brazo y sacar una botella verde de debajo del lavabo.
Escucho su coche. ¿Por qué vuelve si tendría que estar ya en la oficina?
Mi cuerpo se prepara para huir pero sé que no hay salida. No soy un viejo televisor que puedas
arreglar a golpes. Este cascarón es todo lo que queda.
Siento cada gota de sangre recorriendo mis venas. Las manos me tiemblan, top top top top.
Gira la tapa. Contrólate, GIRA LA TAPA.
El tornado se convierte en un doloroso pitido. Escucho la llave entrar en el cerrojo de la puerta.
Solo quiero hacer esto bien.
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